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CARLOS SALAS

THE HEART OF THE MATTER - CARLOS SALAS / ANA SALAS

2016-05-05

Querida Fi

De nuevo me sorprendes. A pesar de mis temores supiste estar por encima de las circunstancias y sacaste adelante la instalación tal y como te la propusiste. No falta nada, no sobra nada. Todo en su justa medida. Debo confesarte mis dudas, no porque no confiara en ti, sino debido a la complejidad y lo costoso de ese montaje. Te puedo decir que me quito el sombrero porque lograste lo máximo con recursos limitados, que aunque los gastos han sido grandes, para la magnitud de la instalación lo hiciste con mucho menos de lo que habría requerido cualquier otro artista o algún técnico. Dicen que el diablo está en los detalles y tu lo exorcizaste y no le dejaste ningún rincón por donde venir a molestar. Me pregunto, no con arrogancia ni vanidad, aunque sí con cierto orgullo, que ningún pintor hasta ahora ha tenido una exposición como esta. Has abierto con tu película un espacio que estaba oculto tras una pared llena de cerrojos, el de la intimidad del trabajo en el taller y hasta la propia mente del artista con sus vericuetos. Sobre la intimidad del trabajo del pintor había visto algunas, muy pocas por cierto, obras en exposiciones. Recuerdo muy particularmente una que vi en una galería de París a finales de los ochenta. Se trataba de una obra de Matthew Barney en la que había un televisor en el piso y una cuerda de esas que se usan para lanzarse al vacío. El artista para dibujar se lanzaba y hacía una línea cada vez. Esto lo registró y era lo que se veía en la pantalla. A comienzos de los noventa, cuando hice las obras sobre la frase de Degas, quise incorporar pequeños monitores en los huecos cuadrados que dejaba en mis cuadros. Luego quise hacer algo en formato digital. De ahí surgió el CD ROM de Paso a Paso en el que el sonido lo realizaste tú a partir de los ruidos que se producían sobre la superficie del cuadro mientras yo lo pintaba. De los montajes de las exposiciones he ensayado dejar registros. De la de Gaula se hicieron varios y, unos años después te pedí que grabaras mi primera retrospectiva en el Museo de Arte Moderno. En Mundo intenté crear un departamento de documentales. Algunas pequeñas cosas se hicieron. En San Francisco compré una cámara de filmación que te regalé. Quería grabar todos mis viajes en carro. Esto se paró con el accidente cerca a Villa de Leyva. Cuando preparaba la exposición Camino en 2005 grabe en un celular que compré expresamente para eso, secuencias similares a las que hiciste para tu película de detalles de las transformaciones de la pintura sobre la superficie del cuadro en realización. Hice cerca de cien videos que nunca pude bajar. Si en mi vida ha estado siempre el fantasma de la figuración, este de capturar las volátiles imágenes que se producen en el taller y en mi mente, ha tenido un gran atractivo para mi desde niño. Si hubiera podido escoger un sólo juguete ideal no habría dudado en un I Pad. Y eres tú la que lograste hacer la proeza de capturar eso que se resiste a ser atrapado. Todos mis intentos tenían que fracasar. Estaba predestinado para que fueras tú quien, con tu maestría, lo hicieras. Ahora me pregunto por qué una joven cineasta se ocupa de estas cosas. La respuesta la tengo ahora enfrente con la exposición en White Box que esta mañana, justo al despertar, me puse a recorrerla en mi mente:

En la fachada hay una puerta dentro de otra puerta, la de mi taller en Bogotá en una pantalla de televisión que cuelga detrás del vidrio de la puerta ventana de entrada de White Box en Nueva York. Se abre y sale de ahí un artesano que se encuentra con otro ya cercano a la vejez. Sacan un gran círculo lleno de líneas y manchas que apenas cabe por el vano de la puerta y el artesano, que no deja de serlo aunque todo indica que es un artista en trance de finalizar una pintura circular, con una pistola esparce un leve color azul. La imagen en el monitor nos muestra después a otro artesano ocupado en barnizar objetos en madera con una pistola similar a la usada por el artista que finaliza su cuadro justo enfrente, y la cámara hace un rápido recorrido por la vecindad del taller del artista. La vida continúa y que el pintor esté terminando su obra no altera en nada la rutina que transcurre a su alrededor. Su labor se inscribe en el mundo como Ícaro cayendo al agua en el cuadro de Brueghel.

A la entrada de White Box, entre unos cuadros oscuros, resalta la imagen en una pantalla colgando del techo, del artista mirando al fondo de un espacio que podría ser el mismo WB si no fuera por que notamos en la imagen que su techo está lleno de triángulos. Del artista sentado frente a la obra circular apenas sentimos los leves movimientos mientras respira. Casi no se mueve. Así se entra a la exposición en donde hay cuadros que cuelgan en la mitad del espacio en lugar de estar sobre las paredes. A la izquierda hay un monitor con cuatro imágenes de detalles de paredes, el espectador ya empieza a comprender que son las del taller del artista pero sin estar muy seguro de ello.

En los cuadros que cuelgan hay un azul que hace recordar el mar y unas líneas que hacen pensar en montañas. Estamos en el interior cerrado, sin ventanas, sin contacto con el mundo exterior del espacio de White Box que es ahora el del taller del artista, pero la mente del visitante se escapa al mar, a las montañas.

Si este espectador gira su mirada va a ver una pantalla en la que las pinturas se mueven y de repente, de rojos que se trasparenta sobre verdes, aparece un paisaje montañoso. ¿Qué será eso? Se puede preguntar el espectador luego de que un azul lo llevó al mar, la imagen en el monitor lo traslada a la montaña. ¿Será que el universo mental del artista vuela a otras dimensiones que no son las de las cuatro paredes del taller? Como todos el espectador, como el artista, es libre cuando sueña. Las pinturas comienzan a verse alteradas en la mirada del que las observa. Ya no hay opción, o se es cómplice en esa experiencia de observación o todo conducirá a la debacle. El cuadro al lado del monitor cobra mayor profundidad, se trata de Marcas del Sentimiento. El ojo del espectador va a buscar lo que está detrás de cada capa de la pintura. Pero unos pequeños cuadros grises contrastan con el rojo y los verdes de la imagen de la pantalla. Podemos recobrar el sentido y no caer en el vértigo pero, no es tan fácil, el espectador se encuentra en un laberinto y la mirada se va a la izquierda. Una gran pintura fragmentada aparece y al lado una mesa con dos monitores y dos cuadernos. En uno, en la pared se ven cuadernos y resultan que son los mismos que están en la mesa…

Ahora el visitante no tiene dudas, se ha traído el taller del artista a White Box, un fragmento de una ciudad a otra -se ha traído una partícula de Bogotá a Nueva York, partículas que se entrelazan generando nuevas relaciones, nuevos nudos-, algo contiene a lo otro y lo que está contenido es lo que crea la trama de la exposición. El espectador ve cómo el artista dibuja, raya, garabatea. El cuadro está al lado, se trata de un gran círculo del que ya conocía el espectador su existencia. Lo había visto desde que entró en el monitor suspendido del techo pero también antes de entrar cuando el artista lo sacaba para barnizarlo.

Pero el cuadro ha cambiado. ¿Como? La alquimia de la pintura se ve en los monitores colocados en el piso. Se mezclan pinturas, se crean charcos, se ven reflejos en ellos. Ahí ocurrió un proceso alquímico de transformación de la materia. Pero también es un evento en el tiempo contenido en un espacio que no está ni aquí ni allá. Ya pertenece al de la sola imagen filmada, la que captura esto y no lo otro. La que abre caminos a la imaginación al repetirse una y otra vez. Con la repetición se le permite al espectador abrir una puerta a la percepción hasta ahora cerrada que se encontraba ahí, en la mente de cada uno, latente para que la fuerza de la imagen filmada la haga surgir de nuevo.

De un monitor tirado en el piso sale una arista hacía dos otros monitores puestos muy altos en la pared que muestran ventanas triangulares que llevan al ojo del espectador a construir una pirámide en el espacio con otro monitor, este muy abajo, casi al nivel del piso, en donde el artista, ya el espectador lo reconoce, habla, sentado en el piso, con una joven, ¿Sabrá el espectador que se trata de Ana, su hija cineasta? Si se lo pregunta encontrará la respuesta en el diálogo que establece ella con el artista.

Esas imágenes de sutiles movimientos pueden convivir con los cuadros en la pared. Son casi pinturas que hacen guiños al espectador. Unos cuadros azules en la pared, hacen un recorrido hasta uno grande, este también con azules y ocres, que convierten en móvil la experiencia visual de la pintura.

Ya, a esta alturas de la exposición, el espectador no puede ver con los mismos ojos con los que observaba al comienzo. Ahora es la pintura la que se mueve y las imágenes de las pantallas se convierten en estáticas. El espectador da la vuelta y tiene otra perspectiva, está más dinámica. De los círculos a líneas fugaces en los cuadros grandes suspendidos del techo. Estos son la otra cara de la moneda. Una estable, con los círculos que se entrelazan en un fondo de un tranquilo azul, y la otra móvil con colores menos limpios y trazos desordenados.

El ojo ya no es el mismo. Al devolvernos encontramos los monitores de nuevo, algunos en el piso con conmovedoras imágenes en grises y negros que indican que todo es móvil pero que también nuestra mente aspira a la quietud. Un cuadro de colores rojos y ocres se redescubre. Se trata de Marcas del sentimiento. Es ahora otro cuadro al que hay que observar con cuidado, pero la pantalla, con veloces imágenes de cuadros molestan y alteran la observación.

Termina el recorrido el espectador, ahora puede ver los libros en la pared y bajar al sótano en dónde podrá ver La Daga Clavada. Pasó por una experiencia que surge del mundo cinematográfico, como cuando terminamos de ver una película en una sala de cine y nos sentimos transformados. Las cosas no las vemos como antes. Cuando trabajo en la intimidad de mi taller una mínima parte de mi mismo está ahí, casi todo mi ser vuela a otras dimensiones. Lo que queda en el cuadro es el resultado de esa experiencia. Tu película es mejor que El Sol en el Membrillo. Te envío un abrazo con todo mi amor de padre lleno de inmensa gratitud,

Carlos.


Carlos Salas

En el marco de ART BASEL, una de las ferias de arte más importantes del mundo, el MUSEO DE ARTE CONTEMPORANEO DE NORTH MIAMI (MOCA) eligió al artista colombiano Carlos Salas para inaugurar la primera semana de este magno evento con una exposición individual titulada LATINAMERICA AND THE GLOBAL IMAGINATION. LATINAMERICA AND GLOBAL IMAGINATION reunió más de 160 obras del artista Carlos Salas entre las cuales se encuentras pinturas de gran, mediano y pequeño formato, pequeñas, instalaciones hechas en aluminio con lupas, y obras en papel y tinta. Durante la inauguración la máxima autoridad de North Miami, el alcalde Joseph Smith le otorgó la llave de la ciudad al artista colombiano.

EL MOCA es un museo que tiene mas 20 años de estar funcionando, ha sido un lugar de transformación social importante con efectos muy positivos para la comunidad. Tiene un enfoque especifico en el desarrollo del arte contemporáneo y busca realizar exposiciones provocadoras que muestren facetas que no están ligadas a las tendencias del mercado del arte. Hacen entre 8 y 10 exposiciones al año y buscan presentar propuestas con alto contenido intelectual. Esta exposición terminó este 28 de Febrero y las obras serán llevadas a diferentes escenarios artísticos. La Galería Baobab desde este año 2016, cuenta con las obras CARLOS SALAS para ello, dispuso un espacio permanente para exponer sus obras.